domingo, 11 de diciembre de 2011

Yo habría dimitido



             Me llamaron de ayer para hoy. “¿Tienes algo que hacer mañana?”, la típica pregunta tonta.  “¡Pues sí!, comer fabes y emborracharme con los amigotes; puede que ver el partido del Sporting fumando un habano…”
            Cuando me dijeron que era para charlar con las Juventudes Socialistas me puse serio inmediatamente, esto ya son palabras mayores; acepté encantado, cambié todos los planes y preparé la intervención como un examen trimestral. Aunque no sé si habrán hecho bien en invitarme, porque les iba a  hablar un tonto.
            De mi capacidad intelectual, y la de todos los asturianos, duda una diputada de Foro, el invento de partido del Sr. Álvarez Cascos; porque no hemos votado adecuadamente, o sea, a ellos. Idiotas ha llamado el Sr. González Pons, portavoz nacional del PP, a todos aquellos susceptibles de votar PSOE. Un tonto que cree que está bien que España ayude con veinticinco millones al prójimo, en contra de la opinión de Dña. Salomé Prego-Villaverde, insolidaria dirigente de Nuevas Generaciones, vivero del partido conservador. Porque para crisis, crisis, lo que se dice crisis, la de Somalia, guapina, y no este atragantón nuestro.
            Estos ejemplos de excesos en las redes sociales podrían llenar páginas; algunos periodistas los cuentan como divertidas anécdotas, pero realmente detrás de ellos hay bastante desconocimiento de la comunicación y una espectacular dosis de prepotencia y de falta de respeto a la ciudadanía.
            El curso de los jóvenes socialistas que yo debía abrir trataba precisamente de nuevas tecnologías y comunicación. Es evidente que se deben dominar las herramientas, en un campo en el que se transforman cada día; es necesario manejar las técnicas de comunicación, que, desafortunadamente no traemos aprendidas de la escuela; pero todas estas habilidades, ¿para transmitir qué?
            Después del varapalo de las Elecciones Municipales de mayo José Blanco, portavoz del gobierno, decía que el PSOE no se había sabido explicar. No estoy de acuerdo, yo creo que la derrota se debió, precisamente, a que los electores entendimos perfectamente el mensaje: un año antes se había cambiado radicalmente el programa aceptando el de la derecha, por tanto ya no había razones para mantener el voto.
            La señora Salgado, ministra de Economía, regresó el 10 de mayo de 2010 de una reunión en Europa, se plantó ante las cámaras y, sin llorar, como anteayer hizo la italiana, sino con gesto decidido, dio el primer paso a un camino de reformas que eran exactamente el reverso de la política defendida por su partido hasta la noche anterior. El cuerpo electoral lo tuvo claro: no es eso para lo que en su día os elegimos.
            Se dijo que había que hacer recortes presupuestarios, reducir el déficit, para que los empréstitos no le costaran tanto al Estado. Se bajaron los sueldos a los funcionarios, se modificaron las pensiones, se redujeron drásticamente las inversiones y se bajó el gasto corriente a costa de los servicios públicos. ¿Resultados?, la deuda pública es casi el doble de cara; la banca española tiene problemas de liquidez, empresas y particulares no pueden acceder al crédito.
            Se dijo que había que reformar el mercado laboral. Normalmente esto siempre significa bajar salarios (“contener” en su lenguaje), recurrir al despido libre (“abaratar el coste de la extinción del contrato”) y cargarse la negociación colectiva (“reorientar los acuerdos a la realidad de cada empresa”). ¿Resultados?, ha aumentado el desempleo, los trabajadores no se atreven ni a quedarse de baja por enfermedad y la Seguridad Social se asoma al déficit por primera vez en doce años.
            O sea, falladas dos de dos, ¡suspenso! Esa es exactamente la nota recogida, de nuevo, por el gobierno en las Elecciones Generales del 20 de noviembre. Porque, aunque lo crean los dirigentes conservadores, la gente no es tonta; en el aniversario de la muerte de Franco no han resucitado sus ideas, los datos electorales son bien claros: No ha ganado el PP, ha perdido el PSOE.
            Ha perdido el partido del gobierno más de cuatro millones de votos con respecto a 2008 y ha conseguido el poco glorioso récord de obtener el peor resultado desde 1977. Con solamente 110 diputados ha regalado a la derecha una holgada mayoría absoluta que le permitirá transitar con tranquilidad por una larga avenida de derribos. Sin embargo el principal partido de la oposición solamente ha crecido en quinientos cincuenta mil votantes; evidentemente el electorado quería verse libre del equipo de Zapatero, pero no da saltos de alegría ante el programa mudo de Rajoy.
            Programa mudo. Durante toda la campaña electoral el líder de la derecha se ha limitado de decir que “haría lo que tuviera que hacer”, ejemplo de claridad programática. Esa indefinición y la experiencia de unos pocos meses de su partido en los gobiernos autonómicos han sido suficientes para consolidar la desconfianza; es curioso que, pese a ser el PP el partido más votado, su jefe de filas suspenda en las encuestas de valoración ciudadana.
            ¿A dónde han ido a parar los votos socialistas? La gente no se quedó en su casa, es claro; una alta abstención electoral habría sido la disculpa perfecta para que se justificara el fino analista Blanco, sin embargo el 72% de participación es solamente dos puntos inferior a marzo 2008, día soleado, contra los nubarrones amenazadores de 2011. Los cuatro millones de votos que dejó el PSOE se han repartido: una pequeña parte al PP, otra mayor pequeña parte a IU, que sigue sin ser alternativa de izquierdas clara, y el resto se ha fragmentado según regiones; en algunos casos ha beneficiado a partidos locales, en otros ha alimentado formaciones exóticas, como UPyD.
¡Y sigue sin haber dimisiones! Una actitud de la cúpula socialista que no puedo calificar si no es en presencia de mi abogado; por pensar alguna explicación se me ocurre escribir que el gobierno también cree que somos tontos, que ellos han hecho lo correcto y que no sabemos votar. Yo, en el puesto de Zapatero, habría dimitido. Pero no ahora, sino en mayo 2010, cuando Merkozy quiso imponer una política contra mi programa, contra mis convicciones y contra los intereses de los trabajadores.