jueves, 31 de octubre de 2013

¡Ojalá que no duermas!


Foto realizada por Aitana Castaño, redactora jefa de "Cuenca del Nalón"

¡Ojalá que no duermas! ¡Ojalá que cada vez que cierres los ojos se te aparezcan estos ataúdes y el dolor de estas familias!  El facultativo jefe, la dirección de la Hullera Vasco-Leonesa, tuvieron que escuchar la voz nerviosa y rotunda, firme, de una familiar que usó el micrófono de la ceremonia para sacar toda la rabia respirada en silencio. Todas las declaraciones de familiares y amistades señalaban el dolor de meses, desde la última huelga, de afirmaciones irrespetuosas de gentes que no saben el valor del trabajo.
Seguía la homilía laica: “Cuando la huelga, decía el jefe de la mina que no tenían cojones para entrar al tajo. ¡Míralos ahí si tienen cojones, mira el resultado de la valentía!” Tan valientes que algunos han caído por intentar salvar a los compañeros. El grisú se expande en segundos, expulsa el oxígeno y te asfixia, eso si hay suerte y no explota, con una deflagración terrible que quema todo a su paso. “El autorrescatador sirve sólo para unos minutos; en los cursos de seguridad te dicen que salgas inmediatamente, volver es suicida…los que han caído, han caído, no caigas tú. Pero, claro, estás allí…” Estás allí y vuelves, porque en la mina la vida es colectiva.


El irresponsable ministro del Industria viajó inmediatamente a León, alguien, más prudente, le aconsejó que no se acercara al pozo. Seis muertos y cinco intoxicados graves por una repentina bolsa de metano, el asesino artero entre la hulla, en el pozo Emilio del Valle, antes Pozo Tabliza. El año pasado el Sr. Soria había dicho que los mineros eran unos privilegiados. “Yo soy cuñado de uno de los fallecidos, dentro de veinte días se habría prejubilado… ¿Privilegiados? Mire, ocho horas encerrados a 800 metros, ¿y sabe cuánto cobran? ¡1.360 euros! Por 1.360 euros a 800  metros de profundidad”. (El pozo realmente tiene 694, pero para mí es lo mismo: la humedad, los 35 grados de algunos tajos, trabajar doblado golpeando la cabeza contra la piedra, oir crujir las mampostas, el polvo que se te cuela al respirar ya la obscuridad absoluta, que no es ni imaginable). 



“Efectivamente, eso es lo que cobramos”. Hice el viaje hasta Santa Lucía de Gordón, en la montaña leonesa, con Jandro y Viti, dos mineros jóvenes, poco más de treinta años, con el mismo léxico, con las mismas actitudes vitales que la vieja guardia, aunque ya calados por otra relación de pareja. Jandro está casado y tiene un encanto de niña de poco más de un año, le da consejos a Viti, que espera un niño para enero; Jandro suele entrar en el turno de tarde, se levanta a las siete de la mañana, -su mujer trabaja-, baña a la hija, le da el desayuno, le explica a Viti lo de los pañales y le aconseja que no cambie de coche para que le entren el carrito y toda la impedimenta del bebé. Otra parte del trayecto se habla de la desgracia, de seguridad, (El problema ahora es que, con la reducción de plantilla a veces estás solo en el tajo, y si pasa algo…), de la mala información de TVE o, a carcajada limpia, de los problemas de Jandro con la jefa de Hunosa. Le dijo cuatro cosas en una sidrería y la otra le amagó con el despido; el asunto de momento ha quedado en 45 días, así tiene más tiempo para la niña, pero el compañero le aconseja que cuando vea un micrófono de prensa huya de él, porque la puede liar.
Ciñera. Aquí el año pasado hubo duras batallas campales con la Guardia Civil; los vecinos hablaron de ocupación militar, una señora comentaba como habían asaltado su casa, otra que no se podía salir a la calle por miedo a los disparos. La gente, en largas filas, emprende a pie el trayecto hacia el pueblo de al lado, Santa Lucía; no falta nadie, aquí todo el mundo se conoce, en cada hogar hay una relación con el vecino caído. El funeral no se hace en la iglesia, por duras cuestas se sube al Polideportivo, que ya está lleno una  hora antes, hay que quedarse en la explanada, hasta el Colegio, que está cerrado.


Silencio. Un silencio denso. La acústica del Polideportivo hace más estremecedora la queja de la madre, que no aguanta el dolor en las entrañas (esa moda de los psicólogos, que para mí estorban más que ayudan; hay que gritar el espanto, repartirlo con los miles que han venido porque te quieren, porque son tus amistades). Aplausos para los cíclopes caídos, merecidos improperios a las autoridades, desprecio al obispo, asentimiento a las duras palabras de la mujer valiente, ¡ojalá no vuelvas a dormir!, y aplausos de nuevo a las familias, rotas, en un intento de que las palmas las mantengan en pie.


Salimos corriendo a la montaña asturiana, Pola de Lena, la Plaza Alfonso X el Sabio está llena. El silencio y las escenas se repiten, la gaita saluda y despide al féretro con las notas de “Santa Bárbara”;  nosotros ya no tenemos palabras. “Parece una noticia antigua”, había escrito Diana, desde la distancia. Y así es, pese al día luminoso, pese al sol de otoño que recomendaba cubrirse la cabeza, había un no sé qué de frío, de negro hulla, de imagen de otros tiempos, de Victor Manuel cantando “La planta 14”, que yo creía un himno del pasado. Por más que ya lo he vivido, lo que más me impresiona, lo que más me acongoja, son las madres que ya no lloran; están tan entrenadas a los sufrimientos que no tienen ni lágrimas. “Mi padre también murió en la mina…”



lunes, 28 de octubre de 2013

Premios Príncipe de Asturias. Un elemento sospechoso.


Hacía años que no nos veíamos; me saludó con naturalidad, “estoy esperando a una compañera”; irremediablemente tímido, no se atrevía a pasar entre los policías nacionales disfrazados de Mazinger Z que rodeaban la Plaza de la Escandalera. Antes le había visto, traje gris, camisa blanca, corbata azul celeste a topos correctamente anudada, desenfundar una tableta electrónica de las buenas para fotografiar a los centenares de personas que se manifestaban contra los premios, contra la monarquía, contra los despidos, contra…Fotos sin zoom, próximas, para enseñar a las amistades lo cerca que había estado del pueblo. ¡Vive pericolosamente!

José Luis García Martín es famosillo, se dice poeta, es profesor universitario, siempre ha sido gran lector y desde sus colaboraciones de prensa otorga o retira puestos en el Parnaso. Nos llevábamos bien cuando estudiábamos; respetábamos al profesor Neira y su afición a hacernos analizar, fonética y fonológicamente, un olmo que había en el Duero, por la parte de Soria. Aunque en aquella Universidad de Oviedo de los 60, franquista, pobre, repleta de estudiantes melenudos y alborotadores, un individuo como Martín, prematuramente calvo, que a los 17 se dedicaba a escribir sonetos de amor, era un tipo altamente sospechoso. Pronto hubo que definirse y, mientras yo me subía a la tarima a parar la Escuela de Magisterio porque no nos pagaban el Curso de Prácticas, él ya pensaba en hacer carrera académica.
(Por cierto, que no necesitamos gran esfuerzo, un solo día de huelga obró el milagro de que se nos manifestara en cuerpo presente el dinero de la paga, durante tres meses en desconocido paradero. Hasta la menos revolucionaria entendió que nos habían estado tomando el pelo).
También yo le saludé afablemente, aunque suele notárseme la sorna, y me alegré de que los fornidos chicos de las fuerzas del orden franquearan el paso al crítico literario y su compañera, para que pudieran lucir su elegancia natural en la alfombra azul del Principado. Después se vengaría de la mía y otras sonrisas, “Desinformada demagogia”.



Argumenta en su página semanal que hubo más público en los actos con los premiados y se congratula. También yo. Disfruté con la presencia de cerca de mil personas, el 90 % estudiantes, en la charla sobre Física Cuántica en Ciencias; pero, como afortunadamente no soy daltónico, pude observar las camisetas verdes a favor de la enseñanza pública y en contra de la Ley Wertgonzosa. No es casual que el día anterior ABC usara un titular paralelo, “Demasiado ruido para tan pocas nueces republicanas”, debajo del cuál una redactora no firmante aseguraba que “los gritos de los manifestantes, bien provistos de pitos, silbatos y demás parafernalia sonora, eran contestados por las ovaciones a los galardonados y a las autoridades que lanzaban la mayoría de los asistentes, y por las gaitas de diversas agrupaciones musicales asturianas”. Estoy de acuerdo con lo de las gaitas, no hay quien pueda con ellas, si bien debo subrayar que en ocasiones se produjeron originales concertantes (Campoamor, teatro de ópera, año Verdi) entre la percusión folklórica y el viento reivindicativo. Lo de las ovaciones habría que medirlo.

Cámara al hombro me recorrí dos veces el trayecto de la procesión. Aquellas que necesitaban lucir palmito, aquellos que precisaban salir en las fotos, a quienes el culto panfleto de Izquierda Anticapitalista situaba en la Vetusta de Clarín, hicieron el recorrido a pie; premiados, reinas, princesas “y demás parafernalia cortesana”, en coche, algunos de ellos blindados, por si las moscas. ¿Dónde había más público? Dice la prensa que entre los protestadores sumarían mil personas; he contado en mis fotos, puede… ¿Y observando la fastuosa cabalgata?


Bueno, pues había unos centenares ante el Hotel de la Reconquista; después en General Yagüe, (sí, hay aún tales nombres en el callejero ovetense), no habría nadie a no ser por la docena de autocares que llevó la ONCE; sus centenares de pasajeros, vestidos de amarillo intenso de cabeza a cintura, movilizados única y exclusivamente para aplaudir unos minutos, ocuparon este espacio. La nota divertida la puso Doña Letizia Ortiz y Rocasolano, señora de Borbón y Grecia, dirigiendo, desde detrás del cristal blindado, su mejor sonrisa y amable agite de mano ¡a los ciegos!
Letizia Ortiz saludando a los ciegos, que hacen como que no la ven.
La ONCE tapando el hueco
 Luego toda la calle Toreno vacía, como la mitad de Uría, hasta el Pasaje; y ya, eso sí, en las proximidades del teatro, otros centenares de fieles. Mayoritariamente edad media alta y sexo femenino; ahí ya tangentes a las huestes protestantes, más jóvenes, coloridas y ruidosas. Todo ello enmarcado en muchos centenares de policías de todos los tamaños y colores, incluyendo los infiltrados, inequívocos en su atuendo desenfadado y auriculares de serie; ¡ellos sí que tenían cara de sospechosos!




“¿Multitudinarios abucheos?...seamos serios, amigo…Yo no me siento avergonzado ante el abucheo, simplemente me divierte tanta desenfadada demagogia”, dice Martín responder a la improbable pregunta de Piquero, “¿Y cómo se siente un republicano como tú, una persona de izquierdas como tú, al tener que entrar en el Campoamor entre multitudinarios abucheos?” Nada, que no se corta, “…Ni me avergüenza reconocer que el discurso del Príncipe tenía un rigor intelectual poco frecuente entre los políticos de cualquier país y de cualquier tiempo”.
A estas alturas posiblemente ya sólo compartiré con García Martín el entusiasmo por las bibliotecas, el placer de pasear junto al Duero soriano, por el camino de San Saturio, o la afición a ilustrar los escritos con fotos propias; observo, no obstante, que sigue manteniendo un fino sentido del humor.