lunes, 29 de septiembre de 2014

El crimen de Vindoria




Había poca luz en la cocina, por entonces la corriente venía a 125 voltios y las bombillas tenían pocos watios, para no gastar; además era frecuente que se cortara el servicio, se levantaba entonces la sólida tapa de hierro colado y la lumbre proyectaba sobre la pared figuras espectrales.

La Cuesta Vindoria estaba entre los espectros de mi infancia, entre las historias que oía contar después de la cena; ahora los conozco mejor gracias al libro de Rosa del Carmen Álvarez Campal, que explica el asesinato de cinco mujeres y tres hombres de Laviana, a mano de civiles golpistas. Luis el de la carretera, 55 años, Avelino Hevia, 23, Pepe Toribio, 50, Julia Morán, 41, Chucha la de Blas, 20, Luisa la Cucharona, 19, Rosario Montes, 39, y Joaquina Antuña, 33, fueron sacadas en un camión de la repleta cárcel comarcal (“no había sitio para sentarse”) en una noche de otoño que amenazaba nieve, y rematadas, once kilómetros Río Nalón abajo, en una curva donde nunca da el sol.

¿Por qué las pasearon? No murieron, como escribieron más tarde en las actas de defunción “por las heridas causadas durante la guerra española”; los nacionales, mandados por el comandante Ceano, habían entrado en la Pola de Laviana el 21 de octubre de 1937, estos infelices fueron asesinados el 26 de noviembre. No eran combatientes, ni siquiera dirigentes políticos o sindicales; un dueño de un bar, un conserje de ayuntamiento, dos dedicadas a sus labores…Eso sí, eran partidarios de la República y ayudaron desde la retaguardia a mantenerla.


Consideraban los generales de la Cruzada que el terror era una muy buena arma de combate; fueron famosas las proclamas radiofónicas de Queipo del Llano en el Sur o las del general Mola en el Norte, amenazando, por ejemplo, con la aniquilación a la población de Bilbao; de él mismo recoge el libro instrucciones terribles: “Hay que sembrar el terror, hay que dar sensación de dominio, eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros”.

Para sembrar el terror quedaron los difuntos expuestos en la cuneta; muertos una noche de viernes, a la mañana siguiente los mineros que iban a trabajar al Pozu Samuño, a Mª Luisa o a Carbones de La Nueva pasaron por delante de los cuerpos deformes, incluido el de la hija nonata de la embarazada, con el cordón umbilical y el líquido amniótico. Los cadáveres fueron puestos en fila, para mejor escaparate, y aún los vieron el lunes las personas que bajaban andando al mercado semanal de Sama de Langreo.

La obra que citamos está editada por la FSA-PSOE, sencilla, sin alardes, y es un buen trabajo de investigación, metódico y paciente, de la autora; mejorable en el estilo literario, sobre todo en el artículo del alcalde de Laviana, entre cuyas virtudes no cuenta la modestia y que debería saber que su cargo no implica necesariamente la bendición de las musas. Me ha hecho ver la señora Álvarez Campal como en aquellos años las mujeres eran legalmente inexistentes: encontró serias dificultades para esbozar las biografías porque ni siquiera eran inscriptas en el registro civil al nacer; lo que no es óbice para que demuestren cotidianamente su valor, como en el caso de Chucha Morán, que desentierra a mano los restos de su hija Paca, “asesinada por haber cosido uniformes para los milicianos”. Los limpia y los lleva al cementerio del Entrego, luego se gasta dinero en hacerse una foto que  envía al hijo exiliado en Francia, “para que tengas un recuerdo de tu hermana”.

Otro descubrimiento, un personaje de novela: Juanelo (Juan Fernández Martínez), guardia civil que en la huelga general de 1917 consiguió convencer a los trabajadores para que no hubiera desmanes. Fue propuesto por la superioridad para condecoración, pero luego sus compañeros lo acusaron de socialista. Abandona voluntariamente el cuerpo y emprende una vida de lucha obrera que le lleva por los principales hechos de aquellos años, -la huelgona del 22, la insurrección del 34-, para morir prematuramente en el frente de Oviedo, en San Esteban de las Cruces, octubre del 36, al mando del Batallón 223, que todo el mundo conocía como el Batallón Juanelo.

No puedo dejar de citar el episodio de la falta de humanidad de dos carceleros, que cobraron una importante cantidad de dinero con la falsa promesa de salvar la vida de una de las mujeres, definitivamente asesinada. Tuvieron ambos un final violento.

Marcharon hacia Vindoria
Hacia Vindoria marchaban,
Cinco mujeres, tres hombres,
Todos ellos de Laviana.
Allí quedaron sin vida,
Con la boca amordazada,
Por aquellos criminales
Que ¡Arriba España! gritaban.                                              Sara Montes. Buenos Aires, 1970.


La umbría curva que inicia la Cuesta Vindoria está enmarcada por musgo, helechos y árboles cantábricos; la lápida conmemorativa está protegida, que no tapada, por un laurel, las ramas que coronaban a los héroes de la antigüedad.