miércoles, 18 de febrero de 2015

¿Cómo se dice “Yo soy Charlie" en danés? (*)



A las tres y media de la tarde de un sábado apenas están en mi barrio desarmando el mercado, los servicios de limpieza barriendo y algunos terminando en las sidrerías la sesión vermú. En Copenhague había un coloquio; allí oscurece enseguida y dos horas después deberían estar cenando. Hablaban de Charlie, de Lars Vilks, de Libertad de expresión, en definitiva; se les hizo la noche primero, fueron tiroteados por un tipo “de rasgos árabes”. La tele publica la foto, bastante poco nítida, del presunto culpable, hay algo que no sé definir, pero que no me cuadra. Luego resulta que, al parecer, era un ciudadano danés, y muere ametrallado; siempre los matan, ¿por qué últimamente no hay prisioneros?
Es duro ser amado por estos imbéciles
Con qué rapidez aparecen estos términos, “apariencia árabe” “aspecto sudamericano”, “físico magrebí”, “etnia gitana”; nadie titula “individuo blanco asesina a su suegra”, “ciudadano de aspecto español roba en el futbolín”. Por otra parte, ¿cómo es la apariencia árabe? Una de la últimas barbaridades de Netanyahu en Gaza me cogió fuera de casa; para acudir a la manifestación fui al mercadillo a comprar un pañuelo palestino; al verme mirar con detalle el vendedor, que era de color (oscuro), me preguntó con cariño, “¿Eres palestino?” ¡A mí, que soy de la tierra que nunca conquistaron los árabes,  de la Asturies invencible que empezó la Reconquista! Otrosí, la CIA tuvo que pedir disculpas en su momento porque en la foto-robot del perfecto terrorista árabe salía la cara de Gaspar Llamazares. ¡Vaya con la tipología, como para fiarse de estos tipos!
Prejuicios. Prejuicios que tienen y que quieren contagiarnos, para distribuir el miedo, para mantenerse en el poder con nuestros temores; y con esa disculpa inventar leyes que no nos dejen movernos. Con la historia del terrorismo reprimen a los emigrantes, los meten en campos de concentración hasta que vuelvan a necesitar mano de obra barata y, de paso, nos amenazan a nosotros. Es un chiste que habrás visto mil veces en la Red; pregunta un extranjero a un nacional, “Bueno, ¿y qué tal las cosas por España?” “Hombre, no me puedo quejar…” “¡Pues ya me alegro, ya, después de la crisis que habéis pasado!” “No, que no me puedo quejar, que el gobierno me multa con 3.000€”
No nos dejemos liar. Efectivamente hay algunos brutos dispuestos a hacer barbaridades en nombre de Mohammed, igual que el Pueblo Elegido bombardea Palestina impunemente, o que otros pagan las invasiones de países pobres con billetes donde se lee "In God we trust" (Confiamos en Dios). Rechacémoslos, hagamos caer sobre ellos el peso de la Justicia internacional; pero que no me vengan ahora con aquel letrerito de “Prohibido blasfemar, bajo multa de 5 pesetas”.
Era noche cerrada, mi padre nos llevaba de vuelta a casa a otro hermano y a mí en una Lambretta de segunda mano; por dirección prohibida, a mayor abundamiento. El casco protector no estaba de moda. No sé de dónde salió el guardiacivil. “¿Usted no sabe que no pueden circular tres en una moto?” “Ya, hombre mire, es que salgo tarde de trabajar y los chavales fueron a llevarme la cena…” “Es que anda el mundo… ¿Qué le parece a usted estos chicos, por ahí, blasfemando?” En la penumbra pude ver al otro guardia que mantenía detenidos a dos jóvenes, cabizbajos; mi padre aprovechó que aquello era mucho mayor delito que saltarse de plano el código de la circulación, “¡Hombre, es que eso ya…!” No hubo sanción para nosotros, los guardias justicieros siguieron con los blasfemos.
Los asuntos de los dioses no me conciernen, decía el filósofo presocrático. Las leyes del Estado están para regular las relaciones de la ciudadanía entre sí, no con el Cielo; si Yahvé o Mohammed se sienten ofendidos ya se tomarán las justicia por su mano, ¡menudos son ellos!, Biblia y Corán están llenas de venganzas divinas contra paganos e incluso contra los mismos creyentes, cuando se desvían.
Tened en cuenta que en este negocio de la Vida eterna no se da puntada sin hilo; Francisco, el argentino que trabaja de Papa, ya está arrimando el ascua a su sardina, ha condenado el atentado de Charlie con un “sí, pero…”,  “…si Fulano menta a mi madre lo que se puede esperar es un coscorrón”; como lo de la blasfemia es más grave que eso de la madre, por pura proporcionalidad caben acciones más drásticas. O sea, está feo eso de matar, si bien  hay terrenos en los que no cuenta lo de poner la otra mejilla, el perdón de los pecados o el sufrir con paciencia los defectos del prójimo; a Dios rogando y con el mazo ajusticiando.
Si los partidos de Yahvé o de Mohammad algún día se presentan a las elecciones y ganan, lo mismo tenemos que tragar con las leyes antiblasfemia, con el Ramadán o con la misa dominical obligatoria; mientras no sea así mantengan sus negocios celestiales apartados de nuestros asuntos. Igual, a lo mejor llegan a prohibir que se dibuje la cara de Mahoma, suponiendo que alguien sepa cómo es; por cierto que un dibujante de Charlie me ha planteado una seria duda teológica, ¿y el culo?, ¿ese sí se puede caricaturizar? No he leído en el Corán nada al respecto.

(*) Por cierto, en danés se dice “Jeg er Charlie” 

jueves, 5 de febrero de 2015

Que no venga el negro



Ya salió en prensa, radio y televisión, puedo escribir sobre ello sin causar daños colaterales. El responsable de la empresa primero actuó correctamente, pero luego no digirió bien el hecho de que su marca saliera en los papeles, la gente llegaba a la pizzería y preguntaba: ¿Eres tú el repartidor de color?
De color obscuro, negro como un zapato negro, pero hasta el tonto racista usó el eufemismo; hizo un pedido por internet, en consecuencia con su nombre, apellidos, dirección y teléfono a la vista de todas las chicas que trabajan en el obrador; añadió: “Q no me la traiga el repartidor de color”. La plantilla montó en cólera, ¡pues que se la lleve su puta madre!, a los tres cuartos de hora el cliente llamó por teléfono reclamando la cena; el encargado estuvo bien, preguntó la causa de su comentario, interesándose por si hubiera algún problema de servicio imputable al repartidor de color. No…es que me dan asco los negros…vienen aquí a quitarnos los puestos de trabajo”. Eso me parecía a mí. En cuanto salgo a la calle no hago más que ver ciudadanos africanos en los mejores puestos: directores de bancos, dueñas de hoteles, ingenieros- jefes del naval, arquitectas y aparejadores de obras públicas…Bien pagados, con contratos fantásticos, dados de alta en Seguridad Social con sus plenas cotizaciones. No se suelen ver jamás pelando patatas en las cocinas, ni recogiendo los cubos de la basura en Oviedo, ni pordioseando vendiendo bolsos y discos por los bares, siendo el hazmerreir de borrachos y maleducados.
En estas mismas páginas puedes ver la verdadera cara de la inmigración, los sinvergüenzas de la Sidrería La Dársena de Gijón y su explotación de los débiles (“Crónica de la infamia”, de 12/9/2012, y siguientes), un ejemplo de lo que tienen que sufrir sencillas gentes que han venido a ganarse los garbanzos; como hicimos los asturianos camino de Cuba, de México, de Francia, de Bruselas o de Alemania, cuando aquí no los había. Y en aquellos países, como en todas partes, hubo buenas gentes que nos acogieron y desgraciados que intentaron humillarnos. Hace apenas cuatro años que un amigo me comentaba los problemas que trabajadores de Duro-Felguera tuvieron en Nottingham, en la civilizada Inglaterra, con violentas protestas porque “iban a quitar los puestos de trabajo a los ingleses.
La mejor de las mofas en este sentido la viví en Casa Cordeles, ilustre casino de Lada, Langreo. Alberto, policía retirado nacido en Benavente, se quejaba de los inmigrantes usando esa ya manida frase; Denso, jubilado, que siempre está al quite asentía: “¡Sí, señor, había que echarlos! Y a los extremeños, y los gallegos y a los zamoranos…” Ahí ya no se aguantó Alberto, “¡Hombre, eso no!” Denso subrayó el corolario: “¿No vinisteis a quitarnos el trabajo a los asturianos?” Esta es la gran falacia. Llamamos a la ciudadanía de otros países cuando necesitamos mano de obra, a ser posible barata; la rechazamos cuando la cosa anda floja, sin más respeto que los viejos barcos de negreros; incluso les cargamos la culpa de  nuestros propios males.
En la Edad Media se achacaba todo a los judíos, peste incluida, que era más efecto de la poca higiene que de las razas en presencia. Una vez expoliados y expulsados pagaron el pato los herejes, luego los ilustrados, después los liberales, más tarde los socialistas, a continuación los comunistas; con Franco “la conspiración judeo-masónica”, ahora los presuntos chavistas de Podemos o los yihadistas. Pero siempre buscan los gobiernos chivos expiatorios a los que cargar con sus culpas; no es fácil que un ministro diga: he metido la pata hasta atrás, lo lamento, dejo el cargo. Ciencia-ficción, parecería.
Y sus afirmaciones calan en el lenguaje cotidiano. Una candidata del PP afirma rotundamente que no es una perra judía, en la próxima Semana Santa matarán judíos metafórica y alcohólicamente en León, se hacen comentarios despectivos de los moros o se piensa que a los amarillos se los engaña como a chinos. Recientemente he leído una noticia en la que se informaba de una niña que vuelve a casa de sus padres en China después de haber estado secuestrada varios años; el redactor usaba un término que yo creía perdido, “sus padres pensaban que había sido víctima de la trata de blancas. Una expresión terrible; indica el tiempo en el que el tráfico de mujeres para la prostitución no era delito si las víctimas eran de colorines, solamente si se trataba de mujeres de rostro pálido, las únicas respetables.
En mi lenguaje coloquial solía hacer una broma, jugando con los palitos de los números romanos afirmaba que estábamos en pleno siglo XIX. Error, todavía no hemos salido del XVIII; hay que volver a explicar tres palabras:
Libertad
Igualdad
Fraternidad
Yo tampoco quiero que venga el negro. Prefiero que no tenga que venir, que pueda ganarse la vida junto a su familia, que un trabajo digno le permita estar tranquilamente con sus amistades y no se vea obligado a jugarse la vida en la mar, para llegar a recoger nuestras migajas y nuestro desprecio. Hubo un tiempo en que pedimos un miserable 0’7% para colaborar en su desarrollo, incluso un sinvergüenza del PP, en esa cueva de piratas que tienen en Valencia, se quedó con el dinero del instituto de cooperación; ya no nos acordamos, pero es lo único decente, invertir en África, dar a cada uno la oportunidad de desarrollar su tierra.
Espero que nuestro sentido de la justicia consiga que algún día dejen de viajar en patera para hacerlo en un crucero, y que El Corte Inglés les haga descuento por comprar el viaje anticipadamente y les regale los billetes de los niños menores de doce años.