domingo, 6 de marzo de 2016

Marta, a partir del diluvio de Felechas.


Yo también estaba en Felechas  cuando en agosto de 2014 cayó el diluvio y se perdió el hijo de Marta.
Cuando salimos de Vegacervera ya amenazaban los nubarrones. Llegamos temprano, como solemos, las puertas están abiertas, “¿Dónde se puede tomar un café, el bar no…?” “¡Evasio, a ver, un café para estos chavales!” “Que vengan a casa”. El grupo folklórico se prepara entre el soportal y el patio del caserón. El gaitero había coincidido con nosotros en las Marchas de la Dignidad de marzo, nos saluda entre alborozado y sorprendido, “¡Qué hacéis aquí?” “Casi como tú, pero sin gaita”. Toño Morala nos abraza afectuosamente. Alejandro, el primogénito de Marta, había quedado a cargo de Juan Manuel; se perdieron en el bosque por buscar un perro.
Puri Sánchez de Piediciones
Puri Sánchez, -el 50% del consejo de administración de la editorial-, se perdió en Langreo, la librera gorda le dijo que estaba equivocada, “¡Esto es La Felguera!”, algo así como si una de las Eras de Renueva te dice que no estás en León o uno de Vallekas te dice que aquello no es Madrid. También llovía a mares los dos días de la presentación del libro, con vientos racheados de esos que se burlan de los paraguas, como en Felechas; aun así se llenaron los locales. El viernes en el Centro de creación escénica Carlos Álvarez-Novoa, (Langreo); se desarrolló una original explicación a cargo de la autora y la editora, luego Les Filanderes esbozaron algunos textos de los cuentos, con Iñaki Hernán,-el otro 50%-, grababa. La guitarra de May y el violín de Noelia adornaron la velada con tal eficacia que al final Marta dio el breve paso de poeta a cantante.
Centro escénico sede de Teatro Kumen
Marta Muñiz, Noelia y May
Marta Muñiz  Rueda, aunque no lo parezca, es poliédrica. Para empezar sus ondas gravitacionales tienen más potencia de lo habitual, tanto como para atraer, entre otros abundantes admiradores, a Vicente Jiménez, el ilustrador de la obra, que viajó con su mujer, -poeta, a la par-,desafiando las nieves del Huerna, desde Toledo a Gijón. Me susurra: “¡Quién iba a pensar en estos textos, conociéndola a ella! Parece otra persona, Dr. Jekyll y Mr. Hyde”. De la dulce poeta a escritora de misterio, sexo, fantasía, realismo y de nuevo prosa poética. Marta es muchas mujeres. Decía el sábado Antonio Merayo en la librería La buena letra,(Gijón), “Licenciada en Filología, poeta, novelista, profesora de piano, pianista, compositora…” Y además madre de Alejandro y Carmen, y casada; tantas mujeres que a su Ulises podrían acusarle de polígamo. Pero no, porque todas estas mujeres caben sobradamente en esta Marta.

Librería La buena letra, Gijón
Firmando libros
Cuando habla, hipnotiza; mientras introduce brevemente algunos cuentos el público ni pestañea. Aquí juega en casa, porque aunque viva en León es gijonesa de nacimiento y lleva algo de Luanco en el alma, por eso Merayo juega con las raíces y las ramas de ambos, acá y allá del Payares, “…por eso introduce un poco el bable”.
(Esto del asturiano mejor dejarlo por hoy, que es faceta a mejorar). Decía que aquí juega en casa, pero de la misma manera he observado entre el público este silencio tan respetuoso, casi litúrgico, cuando la he oído recitar en los foros leoneses, el Ateneo Varillas, el aniversario de la extinta tertulia de Amelie o en el grandioso invento del Ágora de la poesía 

Marta con el ilustrador, Vicente Jiménez
Al final resulta que Alejandro no estaba tan perdido en el bosque, gracias al álbum mágico él y Juan pudieron viajar hasta el escaparate de la Bath Library; la dependienta quedó un poco extrañada de sus recomendaciones literarias, pero lo fundamental es que les explicó dónde podían coger el tren Bath-Felechas, para llegar a tiempo a la paella.

Marta Muñiz Rueda. 13 cuentos dementes para mentes insomnes y un relato para supersticiosos. Fotos de Mar Mirantes. Ilustraciones de Vicente Jiménez García. Piediciones, 2015. www.piediciones.com






viernes, 4 de marzo de 2016

Pedro


"¡Ay, qué desgracia tan grande!" De repente toda su prisa dejaba de tener sentido; había cruzado a la carrera, en diagonal, los tres carriles de la transitadísima calle Pascual Ribot, sin pensar en el semáforo, tan cerca, porque perdía el autobús. Justo a la puerta le jugó una mala pasada el bordillo de la acera y cayó cuan largo era, rozando la rueda delantera derecha. Llevaba una mano a modo de visera, en la actitud típica de quien padece cataratas, la otra apretaba una carpeta llena de papeles, de modo que no pudo parar el golpe, espetó la cara directamente contra el pavimento.
Costó trabajo levantarle, el susto, la sorpresa, no le dejaban reaccionar; y ya en pie el drama: “¡No veo, no veo, ay, qué desgracia tan grande!” Del ojo derecho le manaba sangre, -el caudal iba en aumento-, y le sobresalía algo que yo interpreté como hilo de suturar. No acertaba el hombre a explicar qué tipo de intervención había tenido. No quería que llamásemos a casa, “mi mujer se asustará” “¿Viven ustedes solos?, tienen algún hijo o familiar cerca?” “Sí, estamos solos...” El conductor del autobús no movía el vehículo esperando soluciones, actuó rápidamente llamando a emergencias, la gente, nerviosa, quería que insistiéramos; el hombre se vino abajo definitivamente, “¡Ay, que dolor más grande, qué dolor! Por favor lléveme a la clínica donde me operaron”. Me explicó el nombre, no quedaba lejos, me negué a que subiera en un coche, una señora amablemente me cedió su teléfono y hablé con el 112, la ambulancia estaba en ruta. “¿Cómo se llama usted?” “Pedro…por favor lléveme a donde me operaron, ¡qué dolor!””Ya vienen los médicos, no se preocupe”. Le dije al conductor del transporte público que no se entretuviera más, por las ventanillas las pasajeras miraban con cara de angustia; al fondo ya se oyen sirenas…
Las calles de Palma bullen de consumidores, es Navidad, aunque el sol mediterráneo nos despista a los del norte. Los comerciantes están contentos porque el personal vuelve a consumir, los gimnasios hacen ofertas para enganchar los buenos propósitos de fin de año, de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno. En S’Escorxador han puesto dos abetos en los que la clientela cuelga sus deseos; la gente pide amor y dinero, incluso alguno "salud para mi abuela”. 








Yo pienso en que cuando caiga, que caeré, quiera mi destino que una mano amiga me levante. A media mañana me acerco hasta la clínica (privada), la joven señora de urgencias tuvo la paciencia de buscar el ingreso por el solo nombre de pila del paciente y la hora aproximada del accidente; con una sonrisa me regaló la buena noticia: Pedro ya está en casa. “¿Quién vino a buscarle?” “Su mujer” Espero que la pobre no se haya asustado más de lo normal. El conductor de autobús, la señora que paseaba el perro y me prestó el teléfono, las buenas gentes que se detuvieron para ayudar, están de enhorabuena.

Moraleja: Pedro no tiene por apellido Sánchez, sino uno catalán que no recuerdo, o que a lo mejor nunca supe. Confío en que recapacite acerca de que no merece la pena jugarse el pellejo para coger el autobús que te ha adelantado,-llegarán otros-, que para iniciar una carrera se deben contar fuerzas y saberlas suficientes. El ser humano necesita compañía, pero, como el caso de las chicas de la nota de abajo, no es bueno agarrarse al primer brazo que aparece, ni siquiera en momentos de turbulencia; quienes usamos nuestro tiempo en interesarnos por su descalabro, quienes generosamente le regalamos nuestro tiempo y nuestro afecto, éramos personas de a pie. Ningún Audi negro detuvo su marcha por la calle Pascual Ribot.