viernes, 7 de julio de 2017

Sólo por tres meses. Capítulo VIII. El niño vasco de Mansilla de las mulas


Bueno, yo no soy vasco, soy de León. Mi padre trabajaba entonces en Altos hornos de Vizcaya, que había gente de muchos sitios; él era de Mansilla de las mulas, la familia de mi madre era de Burgos.

Toda esta historia que os estoy contando no habría sido posible sin Paco. Francisco Robles y Hernando, hijo de Martina y Germiniano, un amable matrimonio que alquilaba su casa de Mansilla a familias asturianas para el veraneo. Paco venía con la suya en época de vacaciones; en las conversaciones que los mayores tenían en el patio, bajo la parra, fui oyendo de niño que había mundos fuera de las fronteras ibéricas. Sin embargo no fue hasta fechas más recientes cuando supe toda la historia de la evacuación.

Estábamos en la parada del autobús y sentimos unas explosiones muy fuertes. ‘¡Guernica, es para la parte de Guernica!” Unas semanas antes habían arrasado Durango. La cosa se ponía fea, el general Mola amenazaba por radio exigiendo la rendición incondicional, las escuadras aéreas de Alemania e Italia dominaban en los cielos. Por fin el gobierno británico hizo caso de las advertencias de Leah Manning, -laborista-, y la condesa de Athold, -conservadora-, y fletó un barco con capacidad para 400 pasajeros que se llenó con 4000; niños, niñas y acompañantes. Nos dijeron que era solamente por tres meses, que la guerra acabaría pronto”. Sin embargo algunos datos apuntaban a que no sería tan sencillo, “Aún recuerdo las lágrimas de mi madre, en mi cara, cuando me despidió”. Paco llevaba a su cargo a su hermana, María Jesús, algo menor que él; el tercero, Pedro Luis, era demasiado pequeño y se quedó.

El viaje fue bastante duro; los nervios, muy mala mar, con todo el pasaje mareado, y el crucero Almirante Cervera amenazando a la flotilla para que regresara a Santurce. La determinación de la marina inglesa lo evitó. La llegada a Southampton fue alegre, con el Ejército de salvación tocando himnos, las calles hasta el campamento de Eastleigh adornadas con banderas y gallardetes. “Estábamos muy orgullosos, porque creíamos que eran para nosotros, pero luego nos enteramos que había sido por la coronación del rey Jorge VI de Inglaterra”.

La población local se volcó con los pequeños expatriados, la destrucción de la villa de Guernica, en absoluto objetivo militar, había tenido repercusión internacional; no colaron los intentos del bando golpista de culpar de la catástrofe a sus propios habitantes. “Venían a vernos los ingleses en bicicleta, y nos traían caramelos, pasteles y muchos bizcochos. Claro, muchos de nosotros cogimos diarrea porque no habíamos comido dulces en mucho tiempo”. Todos recuerdan la vida en el campamento como una época plácida, con algunas dificultades para adaptarse a las comidas, pero encantados con los sándwiches, la leche malteada y el pan blanco, ¡sobre todo el pan blanco! Una niña llenó la maleta para enviárselo a su madre. Paco: “Todas las mañanas nos despertaban con música, tocaban ‘Land of Hope and Glory’, esa que algunos confunden con el himno del Reino Unido; me quedó grabada para siempre”.

Desde Eastleigh fueron redistribuidos en otras colonias y casas. Paco pasó por Ipswich, Wickham, Margate…Algunas familias eligieron la fórmula de la adopción; él y su hermana fueron adoptados por unos granjeros de Birmingham, pero no les fue bien, solamente querían mano de obra barata; cuenta María Jesús: “Por primera vez en mi vida supe lo que era pasar hambre…Su perro comía mejor que yo. Me encargaron cuidarlo; cuando iba a la perrera le quitaba la comida. Hasta que me pillaron”. Salieron de allí por astucia: Paco no contestaba a las cartas del Comité, que sorprendido cursó una visita a la casa; hablando en español, para que no se enterara el propietario, le explicó al inspector que las cosas iban mal. Les sacaron de vuelta para Margate.

Cuando empezó la campaña de repatriaciones su madre le escribió diciendo que ni se les ocurriera volver. El padre, que había combatido por la República, estaba preso y andaba de cárcel en cárcel; ella detrás, en la medida que podía. “Una vecina la avisó, ‘Martina, no vuelvas a tu casa, te la ha quitado un falangista y te esperan para matarte’. Así que fue a acogerse al pueblo burgalés de su familia”. Germiniano fue a parar al penal de Burgos, “Allí destrozó las manos mi madre, lavando en el río, tenía que romper el hielo para lavar. ¿Tú has visto las manos que tiene?” Ciertamente, en mi infancia no había visto unas manos tan destrozadas por la artrosis, con las articulaciones tan monstruosamente hinchadas.

En Inglaterra les tocaría sufrir una vez más el terror de los bombardeos; los nazis aplicaron sobre sus ciudades la capacidad destructiva que habían aprendido en la Guerra de España. En los años cincuenta vuelve a plantearse la posibilidad del retorno; la madre de nuevo dice que no regresen, que sigue la pobreza superlativa. Pero para los varones hay un problema adicional, el Servicio militar: “Un capitán de barco me ofreció la posibilidad de embarcar para trabajar en la línea regular Southampton-Vigo, pero de repente él mismo se dio cuenta del problema, yo tenía edad de hacer la mili, no podría desembarcar en ningún puerto español, me detendrían por prófugo. Tampoco podría estar tranquilo en el buque, porque la Guardia civil entraba en ellos sin respetar la bandera y detenía a quien quería”.

A partir de 1959 el Régimen tuvo que guardar las apariencias para obtener respaldos internacionales y ya los exiliados empezaron a visitar su país regularmente. Sin embargo los modos autoritarios se mantenían; los problemas en consulados y embajadas para gestionar pasaportes y visados eran habituales; cuando llegaban a España  sus familiares les pedían que tuvieran cuidado, que no hablaran demasiado, para la Guardia civil eran sospechosos. Francisco Robles tuvo sus más y sus menos con los funcionarios, para empezar se sorprendía de que su padre, hombre decidido, les tuviera miedo. Su pasaporte inglés y su astucia natural consiguieron dulcificar el trato. “Una cajetilla de tabaco rubio mejoraba el carácter de los guardias; el sargento de Mansilla, de quien me habían contado atrocidades, me trataba bien, en la esperanza de que ayudara a su hija cuando viajara a Londres para estudiar inglés; incluso me pagó una copa de ‘solysombra’ en ‘El Mansillés’. Realmente la hija nunca llegó a ir… O si lo hizo no me llamó.

María Jesús y Paco son ciudadanos ingleses; él con la doble nacionalidad, ella ha vuelto pocas veces, desde que faltan los padres menos. “Es muy inglesa”, dice Paco, que se considera español y sigue manteniendo perfectamente la lengua e imperfectamente algunas costumbres. Ana Gaitero (periodista de raza, dice mi amigo Antón Saavedra), menciona en una de sus crónicas sobre él, cómo en la mesa de la cocina de su casa tiene un mapa de España con el escudo del régimen de los militares; de aquellos viejos de hule. Está quemado, -de posar el cazo sin fijarse, ahora que ya no está María-, pero no se puede cambiar porque hace tiempo que no se fabrican.

María fue su amor; natural de la Línea de la Concepción, el mejor lugar del mundo para ella, había llegado a Inglaterra después del golpe militar, gracias a las relaciones de su padre en el Peñón. Se conocieron bailando en el Centro español. Cuando les fui a visitar en el verano de 2010 hacía dos semanas que la había tenido que internar en una residencia. Demencia senil. Lloraba como un niño “¡¡¡No me reconoce!!!”. Tiene sus cenizas en el salón de casa, con una bombilla exclusiva para ellas. Ahora, solo, recuerda los buenos momentos, los viajes, y reconoce a medias que le tenía malcriado, “me pelaba la fruta y me la daba en trocitos…”


Paco acaba de cumplir noventa y un magníficos años. Esta vez no lo ha celebrado con sus hijas, Elena y Mª Carmen, en Northolt, se ha venido a Alicante con Fernando, el varón, que tiene una agencia inmobiliaria. Cuando hablamos por vídeo-conferencia tiene al lado la botella de coñac, le señalo que sigue con su vicio favorito, solysombra; nos reímos, Aquí no hay sombra; demasiado calor para mí, 41ºC”. Un nieto le ha comentado que vaya pensando dónde se va a celebrar el centenario; le he dicho que espero que me invite.

Este otoño pasado anduvimos juntos por Asturias y León; pasamos unos días en Mansilla. Estuvo encantado de saludar a las viejas amistades o, en su caso, a sus descendientes; no puso reparos a contar sus experiencias en prensa y radio. Con los buenos oficios, una vez más, de Ana Gaitero, se organizó una charla en la Fundación Sierra Pambley, en la que nos acompañó el senador Graciliano Palomo. Estuvo en la Cadena Ser de León, y en las asturianas Radio Langreo y Radio Lena.

El domingo 28 de mayo, celebramos, en el Hotel Meliá White House de Londres, el 80 aniversario de la llegada de “los niños” a Inglaterra. Los supervivientes tienen una energía envidiable. Ninguno pone reparos a la hora de contar su vida, son incluso generosos en los detalles; consideran que es preciso que se recuerde todo lo que pasaron, ése es el sentido de su Asociación, (BCA’ 37 UK, www.basquechildren.org) que ha puesto a buen recaudo los documentos y memorias en la Universidad de Southampton.

Paco: “Yo he visto que en España mucha gente no conoce esto que pasó”. Unos no lo conocen, otros prefieren olvidarlo y algunos quieren ocultarlo, por eso subrayo la frase de Natalia Benjamín, cuando nos dedicó su libro, con mano temblorosa por el Parkinson: esta historia, ‘will be never forgotten’, nunca debe ser olvidada.

Último y necesario capítulo. Méritos.